La violencia escolar como
concepto perverso y polimorfo

Hoy la escuela recibe críticas durísimas desde los medios de comunicación. Antes intelectuales como Foucault, Bourdieu o decenas de películas y novelas cuestionaron su poder coercitivo y generador de estructuras de violencia. Los especialistas admiten la crisis, aunque argumentan que si la sociedad no forja una cultura de paz, la escuela sólo reproducirá lo que la rodea: agresividad.

Desmentir que la violencia escolar existe sería negar la evidencia, confundir el deseo con la realidad. Sí, existe, como existe el fracaso escolar o el absentismo. Ahora bien, el concepto violencia escolar resulta demasiado general en su formulación, y da lugar a uno de los tantos idola del lenguaje: el estereotipo. En rigor, resulta ambiguo y su aplicación tan sesgada como interesada. Por eso urge distinguir sus acepciones.

Cabe diferenciar entre la violencia que se produce en la propia escuela, la que genera la escuela y la que se ejerce sobre esta. Las tres dimensiones guardan una estrecha relación. El asunto se complica aún más al entender que el mismo término escuela se refiere a una realidad muy amplia y diversa. Abarca diferentes tramos que van desde la primera infancia hasta la adolescencia, su titularidad puede ser pública o privada, su escala reducida o grande. Y sobre todo, su ubicación en un contexto urbano puede ser determinante a la hora de configurar el grupo de sujetos que acudirán a ella con una herencia, unos códigos y unas condiciones sociales específicas.

Cuando la gente suele hablar de violencia escolar, piensa en episodios (brotes o estallidos) de agresividad en el seno o en los entornos de la escuela. Esta asociación, que se centra sobre todo en los alumnos, es relativamente novedosa, al menos en su modo de exposición o exteriorización. Y, una vez más, representa una mirada menos inocente o casual de lo que se cree: más bien, es inducida o conducida, cultivada, educada.

Como contrapunto, existe desde hace tiempo una línea de análisis que sugiere cambiar la perspectiva y desplazar la mirada a la propia institución educativa. Allí está el estudio ya clásico de M. Foucault, Vigilar y castigar, publicado en 1975, en el cual el filósofo francés rastrea y disecciona con ojo clínico algunos de los elementos que hoy configuran una sociedad de vigilancia. Y menciona el papel crucial que han venido desempeñando los dispositivos disciplinares y punitivos o sancionadores en instituciones como el ejército, la prisión, los hospitales y también en la escuela.